Laura Silva no lo llama William Shakespeare, sino Willy, a secas. Y no porque sea más fácil de pronunciar, sino porque siente una profunda conexión con el dramaturgo inglés. Su relación sobrepasa los libretos a tal punto que ha dedicado casi toda su vida a estudiarlo, a tratar de entenderlo (incluso ha dicho que él ha sido el único hombre con el que ha “dormido todas las noches de su vida”), pero sobre todo, a hacerlo accesible para el resto de personas. De allí que en el 2016 publicase en su natal argentina “El mundo de Willy” (editorial Nazhira, 2016), libro para niños en el que recopiló y adaptó varias de las historias del bardo de Avon para los más pequeños. Y desde el jueves 22 trabajará una adaptación teatral de su tragedia más famosa, “Romeo y Julieta”, donde veremos a un par de adolescentes retando a la muerte para concretar su amor. Se presentará en el Icpna de Miraflores.

Esta no será, sin embargo, una versión cualquiera. Silva, quien dirigirá dicho montaje, abordará la trama a través del clown. Y no se trata de una obra para niños, sino de un show que se alejará de todo convencionalismo. Al respecto, Silva comenta: “Para cualquier director sería fácil pedirle a sus actores que ‘clowneen’ la obra, que hagan con ella lo que quieran. Pero destruir el texto es lo más fácil. Mi propuesta es tomar la verdad de ese arte y atravesar la obra”.

—Tú afirmas que esta obra tiene un final feliz. ¿Es una conclusión frecuente entre los que estudian a Shakespeare?
​Sí, hay una parte de la academia que avala el ‘happy ending’. En definitiva, Romeo y Julieta pierden la vida, pero ganan la apuesta porque terminan juntos.

—¿Eso no es contradictorio?
​Se habla de un final feliz porque es eso lo que generan sus muertes: un cambio social. Eso está claro en el final de la obra, pues las familias se reúnen y hay arrepentimiento. El hecho trágico produce, finalmente, una transformación. Es como la violación de Lucrecia, hecho histórico que Willy convirtió en un poema maravilloso: el posterior suicidio de la dama genera la caída del reinado de los Tarquinio. Hablar de ‘happy ending’ no supone que haya felicidad en su muerte.

—Has dicho que hay que bajar a Shakespeare de su pedestal, ¿pero por qué? ¿Qué es lo que nos puede enseñar?
​La humanidad misma. Él nos cuenta al ser humano en todas sus facetas y en las distintas etapas de su vida y desde distintas realidades. ¿Por qué? Porque no es de mármol y eso es algo que hay que hacer también con San Martín y un montón de personajes de la historia, porque allí dejan de ser reales y conmovedores. ¡Miguel Ángel me estaría puteando por insinuar esto de “La piedad”! [risas] Pero hay que bajarlo para mostrar lo que él quería decir.

—¿A qué te referías cuando dijiste que Shakespeare mostraba un “mundo de placeres oscuros y exaltaciones luminosas”?
Yo creo que Willy es un claroscuro permanente. Con él la pasé bien y también la pasé mal, porque me llevó a lugares en donde sentía la exaltación verdadera y otros en los que lo detesté porque no lo entendía y terminaba llorando. “Romeo y Julieta”, por ejemplo, siempre me hace llorar cuando la escribo, cuando la veo, cuando me la cuentan en todas las versiones. Lloro como si tuviera 4 años.

—¿Por qué?
Me conmueve la juventud de estos chicos, cómo se les va la vida por el absurdo enfrentamiento entre sus familias. Pero ojo que eso mismo se da en otros planos de la vida: las peleas entre blancos y negros, clase alta y baja, River y Boca, peronistas y antiperonistas. En el medio de todo eso se juega un amor imposible, y estos niños son tan valientes que pierden la vida y me parece injusto. No se merecen eso. Además, es una obra en la que mueren cinco muchachos: Romeo, Julieta, Mercucio, Teobaldo y Paris. Todos son unos niños y automáticamente lo vinculo con mi condición de madre y con mis hijos adolescentes. Hace poco, un compañero de mi hija se quitó la vida. Era un chico LGTB militante que no soportó el escarnio social. Y me doy cuenta de que esto pasa todo el tiempo, que “Romeo y Julieta” se repite todo el tiempo. Siempre hay una juventud que termina siendo masacrada. La sociedad siempre la tira para abajo y la tiene que deshacer porque, claro, es la que la viene a confrontar.

—Por eso nos educan.
Así es. Y cuando uno de ellos se para, tienen que bajarlo. Estos dos lo hicieron y reclamaron que no querían que les dijeran que se tenían que casar y menos con quién tenían que hacerlo. Por eso a Julieta le pegan. En el texto, su padre dice: “Me pican los dedos”, “Tú eres mía y yo te voy a entregar a mi amigo”, y uno piensa: “¡Qué mierda!”.

—En ese sentido, ¿qué es lo que puede aportar el clown?
Su verdad, su marginalidad y su capacidad de denuncia. Hay un concepto falso sobre el clown que afirma que es bueno y luminoso, pero no solo es eso: puede pasar por un montón de lugares y, desde allí, decir cosas con las que un actor se sentiría comprometido. Al ser marginal es más impune y puede decir: “Esto es una mierda”, y volver a escena y seguir actuando. Esto es interesante porque a la vez que genera un acercamiento, también logra un distanciamiento muy propio del teatro de Willy.

—Entonces, ¿por qué elegiste un elenco en el que no todos son clown?
Hay improvisadores, actores, actrices y también clowns, y eso me resulta más enriquecedor porque puedo trabajar desde diferentes registros y es un lindo desafío generar uno que sea único y propio de este grupo. En esta obra el proceso creativo es diferente porque no me impongo tanto como directora, sino que trabajo con lo que me dan y se los devuelvo. Mi propuesta es reconectar con Willy desde el juego, que es algo que el clown tiene a flor de piel y que a veces al actor se le olvida. Pero ese es otro tema.

—¿Todos los actores van a tener nariz roja?
No lo sé. Estamos en proceso creativo.