Todos los políticos de alguna manera lo dicen: la desgracia que se abate en estos momentos sobre el país a causa del fenómeno conocido como El Niño costero tiene que ser ocasión de que las disputas ideológicas y las apetencias individuales se dejen de lado para que todos ‘metamos el hombro’ en las tareas de ayuda y reconstrucción que la hora demanda. Pero en política, como en tantos otros terrenos del quehacer cotidiano, eso es más fácil de decir que de hacer.

Primero, porque en realidad parece imposible suspender la lógica desde la que cada quien lee los eventos que día a día definen nuestro destino común. Y segundo, porque la oportunidad de lucir como una promesa de tiempos mejores que ofrece el criticar al gobierno de turno en una circunstancia apremiada constituye una tentación difícil de resistir para quien aspira a llegar pronto al poder. La previsibilidad de tal ejercicio, sin embargo, no lo exonera de un análisis que se pregunte por su consistencia argumental.

Llama la atención en ese sentido, el mensaje sobre las inundaciones y los huaicos que colgó hace tres días en su página de Facebook la ex candidata presidencial del Frente Amplio (FA) Verónika Mendoza. La declaración incluye, por cierto, invocaciones a la responsabilidad y la solidaridad, pero en el diagnóstico sobre las causas del actual desastre –que con toda legitimidad también consigna– desliza consideraciones un tanto jaladas de los pelos que parecen responder esencialmente a su agenda política.

La señora Mendoza, en efecto, habla, por ejemplo, de “una palabra que la clase política tradicional detesta: PLANIFICACIÓN” (las mayúsculas son suyas). Pero la verdad es que, en la presente circunstancia, nadie ha escuchado a representante de sector político alguno que no reclame exactamente eso. Es decir, la construcción anticipada de “drenajes, muros, represas, alcantarillados” para cuando el fenómeno cíclico que conocemos vuelva (habría que ver, en cualquier caso, cuáles fueron los gobiernos locales, regionales o central que omitieron la ejecución de tales obras y quiénes participaron de ellos o los apoyaron).

La planificación que sí genera resistencias, por su probada conducción a la miseria de las sociedades que la han ensayado, es la planificación central de la economía... que, sintomáticamente, impregnaba el plan de gobierno del FA para las elecciones pasadas. Y es inevitable maliciar que en este mensaje se quiere confundir una con la otra.

La sospecha de que aquí existe una defensa ‘de contrabando’ y fuera de contexto de los postulados ideológicos de la organización izquierdista se ve confirmada, además, en los párrafos siguientes, cuando la señora Mendoza sentencia que “necesitamos [...] dejar atrás esta lógica en la que son las grandes empresas las que deciden qué obras se hacen” y, en suma, “otro modelo de desarrollo” al que casualmente define como “planificado”.

Pero los casos en que alguna ‘gran empresa’ ha decidido qué obra de infraestructura se hacía han sido casos de corrupción, recusables desde cualquier perspectiva ideológica. Y en consecuencia, asociarlos con un modelo de desarrollo específico es solo una falacia que lo que busca es desacreditar el modelo vigente: una vieja aspiración del FA y sus representantes.

Con ese plan máximo fueron a las urnas y perdieron. Y si bien tienen todo el derecho de seguir bregando por las ideas en las que creen, lo mínimo que cabe esperar de ellos es que las ubiquen dentro de un contexto en el que las causas y las consecuencias estén eslabonadas lógicamente, lo que en este caso no ocurre. Sobre la base de la aversión que les suscita el modelo de desarrollo actual (respaldado recientemente en las ánforas), no pueden tratar de responsabilizarlo de todos los males que pudieran caer sobre el territorio nacional y causar destrozos, sean huaicos o meteoritos.

Eso no es serio y transmite una angurria tan gruesa por avanzar su agenda política como su reciente intento de anexarle subrepticiamente a la marcha contra la corrupción la demanda de cambiar la Constitución, ahuyentando así a la gran cantidad de potenciales asistentes que seguramente estaban de acuerdo con lo primero, pero no con lo segundo.

Ojalá que si en sus próximas aventuras electorales los votos no los favorecen o las apetencias individuales los dividen, no se les ocurra culpar de su suerte al modelo.

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