La Universidad de Harvard es sin duda una de las más prestigiosas de Estados Unidos y del mundo en general. Y es por eso, quizá, que su nombre aparece con frecuencia en el debate político y las campañas electorales en nuestro país.

Cualquier candidato que hubiera estudiado en ella adquiriría automáticamente entre nosotros una aureola de solidez académica. Y los discursos pronunciados y aplaudidos en sus claustros suelen generar en quienes siguen la noticia desde aquí la ilusión de ser necesariamente ciertos. Pero, como veremos, muchas veces se trata solo de una ilusión.

Los promotores de la imagen de Alejandro Toledo en sus primeras campañas presidenciales, por ejemplo, se referían a él como ‘el cholo de Harvard’, una expresión que se hizo muy popular… hasta que se supo que el hoy requerido ex presidente nunca fue alumno de esa casa de estudios, sino solo miembro del Instituto de Harvard para el Desarrollo Internacional, a principios de los 90.

Tiempo después, en octubre del 2015 y en la antesala de la campaña presidencial del año siguiente, la lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, se presentó en esa misma universidad atendiendo una invitación del Centro Rockefeller para Estudios Latinoamericanos, y adoptó posturas que parecían anunciar una mudanza en la entraña conservadora y autoritaria del fujimorismo. “La CVR tuvo aciertos en lo que se refiere a la pacificación”, “condeno a los médicos y me solidarizo con todas las mujeres que sufrieron esterilizaciones forzadas” o “estoy a favor de la unión civil en cuanto se refiere a respetar los derechos patrimoniales de las parejas”, dijo, entre otras cosas, en aquella oportunidad. Pero, como es público, una vez convertida en la cabeza del partido con mayoría absoluta en el Congreso, su conducta política volvió a ser la de antes.

Varios de sus contendores en los comicios presidenciales del 2016, desde luego, dudaron entonces de su palabra. Concretamente, la candidata del Frente Amplio, Verónika Mendoza, consideró el nuevo discurso como un caso de “oportunismo electoral” en el que la señora Fujimori se había expresado con “verdades a medias”.

Pero por esas ironías de la historia, ahora le ha tocado a ella acudir al mismo foro, y su presentación ha hecho los méritos para recibir iguales calificaciones. Consultada, por ejemplo, específicamente sobre su reiterada incapacidad de deslindar del régimen chavista en Venezuela, Mendoza aseveró: “Siempre hemos sido absolutamente claros en deslindar […] con todo debilitamiento de la institucionalidad democrática, se dé donde se dé; incluida la propia Venezuela”. Una frase cuyo desapego a la verdad es clamoroso. No solo por las fórmulas indulgentes que ella reiteradamente ha ensayado para caracterizar el gobierno de Maduro (“No es una dictadura porque no hubo golpe de Estado” o “en Venezuela se han dado procesos electorales democráticos avalados por entidades internacionales”), sino por la sencilla razón de que no se puede ‘debilitar’ lo que no existe. Y en la Venezuela de Chávez y Maduro, la institucionalidad democrática ha sido desde el principio un postulado fantástico.

“Nunca hemos respaldado ni saludado la vulneración de derechos”, ha proclamado también la ex candidata del Frente Amplio como si hablase de un gesto heroico. Pero la pregunta no era por qué ‘saludó’ los abusos (lo que habría sido francamente delirante), sino por qué no deslindó de ellos. Y esto último, como es obvio, no tenía cómo responderlo. ¿O alguien la recuerda convocando a una marcha contra el apresamiento y la tortura de los opositores a la dictadura chavista, o protestando por los atropellos a la Asamblea Nacional?

Vamos, la señora Mendoza ha demostrado en realidad ser tan partidaria de la democracia en Venezuela como la señora Fujimori del respeto a los derechos de ciertas minorías en el Perú. Y el hecho de que allá en Harvard consigan –como dice una antigua expresión popular– ‘hacer cholito’ a un auditorio crédulo no significa que aquí les vaya a resultar fácil repetir esa añagaza.

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